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Lo que sigue (un abismo vertical) fue una especie de capacitación para el olvido. Se trataba de hacer que cada palabra actuara como un hoyo negro, ese interregno donde las vivencias y las imperfecciones del día se reabsorbiesen, nutriéndose del vacío para simplemente desaparecer, irrecuperables.

No se si decir hoy, que cierro este capítulo, que susodicho menester me haya recreado: esperaba sencillamente otra cosa -no en todo momento esta especie de descripción de la desdicha. Pues lo que hoy pueda decir del día, de mí, y de quienes me rodearon ha sido, sigue siendo y será, puras inconsistencias... habré de decir... pura poesía.
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Ciudad onírica

"Son un largo gemido
Todas las calles que conozco"
(Rogelio Echavarría, El transeúnte)


La ciudad duerme.
Y su silencio es como el de una tenaz borrachera
de sus habitantes.

Como si éstos estuviesen soñando
Con un inmenso suicidio,
Con una inmunda pesadilla donde
Sumideros subterráneos embebidos de agua lluvia
sueñan que son recipiente
de potente vino negro…

Donde rascacielos de peso palpitante
sueñan que son los invitados a una fiesta donde los
adoquines y avisos publicitarios
sueñan que son
vagas fluorescencias alucinantes…

Donde los bruscos pasajes de las calles
sueñan que son péndulos
que miden la amplitud de la muerte…

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Un potro gris es amar...


"Odio y amo. Tal vez preguntes por qué lo hago. No lo sé, pero siento que es así, y en ello sufro"

(Catulo)

Domar un dromedario febril es amar, amar, amar...
Un dromedario que campea en nuestro pecho como por un Sahara gris,
Sobre oasis de culpas (surcos de sangre como flojo cognac),
Sujetando las trompetas de la lucha.

Un potro cabalgado por el señor habitante infecundo de los amores obsesos es odiar, odiar, odiar…

Un potro sodomizador de sus labios,
Escultor de sus muecas rabiosas,
Las hermosas alegorías de sus ímpetus.


Serán de un potro bárbaro, o de un dromedario gris
Estos galopes crepitantes
Empozados en el alma?

Serán los dos, más dos que nunca?

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Filtro de Circe


"aquí se desencadena la más salvaje bestialidad de la naturaleza, en una mezcla horrible de sensualidad y de crueldad que me parece el verdadero filtro de circe

(Nietzsche, a propósito de la fiesta dionisiaca)


En fiesta perpetua
Sus piernas andan con la maquinaria de los astros.

Sus cuerpos, impávidos ante la mirada inescrutable del cansancio, bailan como si fueran fuentes inagotables de energía visceral.

Esas sonrisas dementes en sus caras, esas expresiones como si cada minuto fuera el último y tuviera que aprovecharse a toda costa y sin tregua…

Esa piel básicamente acuática unida a la transpiración de la noche...

Es como si su existencia estuviera encantada, plena de seguridad absoluta, como si aun cuando entre bacilos y tóxicos se embadurnaran, gozaran siempre de inmunidad perfecta.

Por eso nada, ni los pálidos reflejos del crepúsculo, indicarán otra cosa sino que toda hora será temprana para acabar con esa cadencia deliciosa, frenética e inconcebible que seguramente extenderán ... hasta el estertor.

El Amante.

Quiero
Que entre las grietas de mis labios se agiten tus piernas.
(Encuentro atractivos tus muslos a medio masticar)

Quiero
Un jirón que acaricie tu sexo
(Encuentro en tu sexo las delicias que gustan al hombre simple).

Quiero
Un gemido posando en tu carne,
Un alfiler vibrante atravesando tus huesos,
Un surco prolífico en tu vientre de sombra
Un deseo disperso en tu alcoba.

(Quiero,
Con esta mayoría excitada de hombre que me constituye,
Ser tu amante voraz).


(Deseo)
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Material de Mausoleo


Querida,
Mi belleza cérea,
Mi rareza de mausoleo,
Una masa descompuesta de jalea y piedra
Es hoy apenas reconocible en el lugar de tu piel
(Tu piel... otrora un parapeto descarnado).

Querida,
Linda portavoz de aquella exótica raza de sombras ancestrales,
Como una triste Nefertiti
Hoy eres repentina sensación de obscuridad,
Una maravilla de la perfección mortuoria.

Esto eres hoy, querida:
Una facción curtida
En un bacanal borrascoso;
Material que, extendido sobre la superficie tercia de tu cuerpo
Posterga tu inexistencia,
Absorbiendo los viejos flujos vitalizadores del tacto,
Disfrazando el óxido, los tejidos atroces
Que impiden atrapar la luz.
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Mile End


"El laberinto no es mi terreno de caza idóneo, y cuanto más profudamente excavo en la confusiòn, mejor me oriento"
(H. Miller)

Me tiro sobre el sleeping bag y pienso en ella, en sus labios uranianos perdidos.
Pienso en todo lo que ocurrió entre los dos, cerca de Mile End.
De repente, entregado a un sopor de aburrimiento, me quedo dormido, tratando de ahuyentar todas las imágenes asociadas a Mile End. No me gusta Mile End.
Pero en el sueño aparece ella, aunque ella misma parecía un sueño mientras la estaba mirando. La veo acercarse a mí, caminando por entre la nieve en declive.
En el sueño, me dice que deberíamos aprovechar la tregua de las nevadas para hacer el amor. Y yo digo que no, que no deberíamos. Vengo del trópico niña polar, le recuerdo.
Luego la veo correr, inexpresiva, por una calle laberíntica. Una calle muy parecida a una que conozco en Mile End. Una de las tantas donde no hay flores, donde no se pueden ver los aviones, donde no hay rubias.
Me digo, en el sueño, que debería entonces dejarla ir. Estoy loco por ella pero no tanto como para adentrarme allí.
Luego veo un tipo. Alguien que, me parece, jamás he visto antes en mi vida. Me ha preguntado por ella y le he dicho que está muerta. No es verdad, claro, pero algo había que decirle.
Le propongo al tipo que caminemos para calentarnos un poco. Me parece un tipo de confianza, de altas miras, como yo, tal vez haya sido yo mismo representado en el sueño, como saberlo.
Él propone entonces que deberíamos tomar la ruta hacia el centro y le digo que sí, que sí deberíamos. Mile End nada tiene que ver con la clásica arquitectura del centro: la zona de los teatros y los hostales del amor...

Un aleteo luminoso...


Era un ángel de ojos verdes que flotaba inconcreto con soledades de piedra como alas.
Un ángel cuyo pedazo de cielo tenía sede en un coral profundo, cerca al río Wisla.
Me enseñó que “kohanie” era sinónimo del deseo, la afirmación de la querencia; y que algo como “robie tö tylco dla ciebie” era algo como lo hago todo solo por ti.
Pero la suya fue una aparición, es decir, una manifestación que cobró cuerpo, un ahogo pasajero pero verosímil.
Lo suyo fue un cálido sendero de luz, un aleteo suave y luminoso que se deslizó envolvente, acariciante.
Al desaparecer -tan solo días después de encontrarlo en 12 Imperial House, un pequeño infierno al este- me dejó unas plumas de larga soledad mal acompañada clavadas como rasguños a la espalda.
El aire continúa henchido de su figura.
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Química contra el amor

Por un amor viví el octubre más ridículamente triste. Ya no valía la pena luchar, ni esperar, ni… intentarlo de nuevo. Andaba como un cuerpo a la deriva. Estómago hecho trizas parecía la mejor expresión para describirme.
Por eso, pensé que había que empezar a tomar un tratamiento contra el amor. Quizá, no más que un tratamiento efectivo contra la memoria. Un tratamiento de largo alcance, garantizado, pues ya estaba bueno de mujeres y sombras, de borracheras imperdonables. Había borrado fotos, mails, números telefónicos, y todo falló, seguramente, porque el curandero, al final, no deberías ser tu mismo, solo, contra tus propios recuerdos. En definitiva, contra tí mismo.
Probé entonces otro camino. Y me dosifiqué con un poco de infalible química. Me hice con un producto conocido como DAE, un relajante cerebral poderoso que, dicen los dealeres que la suministran -como si supieran qué clase de normas rigen la exterminación de las huellas mnemónicas- es capaz de quemar las neuronas del recuerdo y capacitarte para el olvido como si alguien estuviera barriendo las hojas muertas de un jardín incendiado.
Había que administrarlo en cápsulas, ingerirlo al menos cada doce horas. Al principio, pasaba por la boca como si estuvieras deglutiendo unos blancos hombros descubiertos, como si estuviera provisto de suaves caricias en los huesos. Te sentías suavemente eufórico, sin resacas, sin efectos secundarios. Y además, cosa todavía más importante, estaba atacando justo al recuerdo maligno.
Hasta que llegó el día en que noté que no todo andaba bien. Ese temor derivado de la certeza de saber que ni olvidándolo todo es posible olvidarse que los contornos de la memoria no tienen nunca un límite determinado ni preciso, siempre estuvo ahí.
Así fue que acabé pulverizando todo registro, aunque, a pesar de ello, recuperé la emoción, la actividad.
Habré de dar gracias a esa pequeña ayuda para equilibrar los días? Ahora éstos pasan con esa misma absurda precisión con que una ola limpia la arena después de otra.

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Estudio con guantes y pistola

"Yo mismo era la herida"
Las presiones, arterial y atmosférica, ofrecían las condiciones para que el espurio instinto se sintiera llamado a salir del cuerpo y enloquecer.
Sentía como si le hubieran reforzado la sangre con nitroglicerina, como si estuvieran haciendo de su cuerpo una pulsión furiosa que en cualquier momento haría chispas en esa atmósfera electrizante.
Y empezó por pensar en lo que haría justo después de limpiar y deshacerse de los guantes de goma: buscaba la manera de asegurarse de que las huellas que pudieran encontrarse, no fueran a ser las suyas.

Un Augurio Dorado




Era 31 de diciembre y caminábamos por una de esas calles de Girona que aún hieden a Inquisición y peste cuando, al voltear por la esquina de L´Ajuntament , nos tropezamos con un mercado de gitanos atestado de gente. Estábamos un tanto apurados, así que empezamos a atravesar las pequeñas tiendas sin poner mucha atención a sus ofertas: lo mismo de siempre en esta clase de mercados: artesanías, dulces y comidas, inciensos, cartas astrales, etc. De pronto me pareció escuchar una voz, delgada, metálica, que preguntaba “porqué el abatimiento chabal?”. Sorprendido, volteé la mirada, arrugando la frente. Una mujer de edad incierta me clavaba una mirada brillante. “Y esta bruja que?” pensé para mis adentros. La observé, pero no era la típica bruja de verruga y nariz descomunal, de hecho, era atractiva, y en su tienda exhibía innumerables objetos sacros entre místicos y religiosos. “Camine hueva que vamos tarde!” exclamó mi hermano, al ver que yo me había detenido. Teníamos que llegar a Barça antes del anochecer para la cena de noche buena. Entonces lo seguí, pensando si acaso esa loca me había hablado a mí. Miré el reloj, hice cuentas, vamos apenas de tiempo, me dije, entonces, me dirigí a Mauro y le dije “oiga pelado, espere un segundo, quiero que esta loca me lea el futuro”, “no sea huevón, camine”, respondió el hombre. “Todo bien, déme un minuto, no creo que se demore mucho la cosa”. Finalmente, a regañadientes, aceptó esperarme. Me devolví, pero no porque creyera que iban a darme una cartilla de predicciones incluyendo la fecha y modo de mi muerte, sino porque aún en el fondo me sentía en efecto abatido, sin brújula clara, como si sufriera la resaca de un mal sueño, y esta vieja, a menos que esas palabras hayan sido una alucinación sonora, lo había notado, sin conocer nada de mí o de mi vida. Cuando encontré de nuevo la tienda había dos personas esperado su turno. Maldita sea, solo espero máximo diez minutos, dije. No tenía mucho dinero, el paso por Ámsterdam me había dejado con los bolsillos en rojo, y por un momento pensé en renunciar a la idea. Pero al instante siguió una persona, y tan solo cinco minutos después, la otra. Ya era mi turno y no tuve tiempo de decir “lo siento me tengo que ir ya, será en otra oportunidad” cuando ya estaba en frente de su mirada cuestionadora, ella pidiéndome que escogiera tres cartas de una baraja y las pusiera sobre la mesa, boca abajo. Según ella, una representaría el pasado, otra el presente y otra el futuro. Vale. Empecemos pues por el pasado.
Esto es absurdo, parece un chiste, pensé: cómo un ocho de corazones le contó a esta mujer lo más relevante de mi pasado inmediato! Cómo supo que estuve jodidamente enamorado, hasta que llegó un día en el que de repente, en un descuido conciente y necesario de mi parte (un viaje largo, importante e inaplazable) ella me abandonó, dejándome a la deriva de mi vida fútil, para embarcarse en una nueva aventura de amor, no cualquier aventura de amor, sino una aventura con un “amigo” a quien, pensé, podía confiarle su cuidado mientras yo estaba ausente! “Elegiste a la mujer equivocada chabal, y preciso con ella te entró el arrebato de jugar con la candela del amor; por eso saliste ardiendo con un fuego tenaz que sentiste te calcinaba hasta los sueños… pensaste que podrías llegar a morir por ese amor que para ti era demasiado grande… pero, mírate, no moriste de sufrimiento, ahora ¿tendrás la posibilidad de renacer, bien para no conocer más del amor ni del odio, o bien, para finalmente disfrutar de la vida como el juego sencillo que es?... ya veremos que dice el futuro”.
Antes, el presente. Siete de espadas. “Si aún queda dolor es normal, pues no hay dolor más grande que el que provoca una traición, y la traición es comprensible y combatible pues ni siquiera un duelo abate tanto!” Yo sentía que tenía superada en su mayor parte la prueba, pero eran patrañas mías para consolarme, aún necesitaba enfrentar el desengaño con mayor determinación y coraje, y las espadas eran un arma que habría de reutilizar para combatir esas sombras negras, “desde el interior”. La mujer hablaba de mis afecciones presentes como si pudiera ver en una radiografía mis emociones, mi sed de venganza, mis planes para destruir esa pareja de miserables. Pero entonces soltó un consejo que aún hoy me tiene pensando: “desciendo de un pueblo pacífico y tolerante, pero aún incluso los pueblos agresivos tienen ciertas normatividades para la guerra: en sus códigos de lucha dice que quien falte a la lealtad no será mas aliado sino enemigo, y con los enemigos hay que poner a prueba toda la inteligencia para la estrategia. E inteligencia, a ti, te sobra. Pero escucha, escucha bien: dice una ley vikinga que hay que ser bravo y agresivo, pero con rivales fuertes, ojala más fuertes que tú, y en este tu caso, te estarás enfrentado a rivales a los que conoces perfectamente! reconoces sus puntos débiles: qué fácil sería destruirlos!”. Tenía razón. Si quería luchar, dijo, debía esperar a que aparecieran rivales de mi misma “altura mental”, así dijo: para qué luchar contra un rival que ni siquiera tendría la valentía de poner la cara en el campo de batalla!!.
Aún quedaba una carta más, la que pregonaba el incierto fututo. Apareció entonces un As de Oros. No todos los días te sale un as de oros! Era suficiente con saber que esto significaba que había que elegir: o ser invadido por el odio y ensuciarse las manos de discordia, o dejar ser el desengaño un elemento más para sorprenderse de lo contradictoria que es la vida, de sus contrastes infernales, de su increíble forma de transformarse y trastornarse. Si, en medio del delirio, no hubiera visto una luz en el significado de esta carta, en lo importante de esta regla de honor, no estaría escribiendo esto: habría muerto, de pena, me habría ahorcado o tirado al Támesis con una soga amarrada al cuello. Habría podido terminar encarcelado, de haber estado en presencia de la escena del crimen. Me habría poseído el Mr. Hyde que hay en todos y que nos hace ruines. No sé que más habría podido pasar. Habría sido el acabose de haberme tomado las cosas muy en serio, de haber asumido la traición como si no fuera parte de un juego cuyas reglas dependen de ti y solamente de tí establecerlas o quebrarlas. Habría, sin exagerar, muerto. Pero elegí, creo que a tiempo. Y terminé recordando el suceso con nostalgia, pero también con cierto sentido del humor. Me tragué el orgullo, sofoqué el rencor. Terminé aceptando que esas cosas en la vida tienen que pasar, si quieres crecer un poco más…
Era hora de partir. Al salir, le pregunté que cómo se había dado cuenta de mi estado cuando pasé la primera vez en frente de ella. Me dijo que ella no había dicho absolutamente nada, que ni siquiera me había pasar. Le creí. Para mi sorpresa mi hermano, afuera, estaba tranquilo, fumándose un cigarrillo, tomándose fotos a sí mismo, vanidoso él. Cuando me vio me preguntó que qué me había dicho la bruja, que porqué me había demorado tanto. Le dije que en el camino le contaba, que nos fuéramos corriendo porque el tren nos iba a dejar. Obviamente no nos dejó. Y cuando llegamos a nuestro destino, también para mi sorpresa había una comitiva entre amigos y desconocidos esperándonos, como si fuésemos estrellas de cine o quien sabe qué cosa. Hacía tanto tiempo que un halo de alegría no me carbonizaba la sangre! El año no había podido empezar mejor, y hasta hoy, lo he vivido con la tranquilidad de saber que tengo un as de oros bajo manga, iluminando con su luz dorada mis decisiones presentes. No lo olvides, dijo la gitana: no te tomes la vida tan en serio, ni siquiera en la muerte, te la tomes tan en serio; saberlo es mas que una especie de consejo, es una regla de vida alegre, tan sencilla, pero a veces tan difícil de aplicar cuando las penas nos taladran el pecho y nos acuchillan el estómago, cuando el sentido trágico de la vida toca a la puerta y toca salir a enfrentarlo con el poco o mucho arsenal de carácter con que se cuente... No lo olvides: la vida es juego.
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Los Títulos del Adiós.


Era la hora de despedirse para siempre. Y viles lágrimas les incendiaron los ojos. Acaso se estaban entendiendo, provisionalmente, con el lado triste de otorgar al “bye bye” su sentido profundo. Pero no. Sus lágrimas eran lágrimas ruines, lágrimas babeantes de falsedad.

Quién hubiera podido imaginarlo: esa sensación temida de abandono definitivo que parecía invadirlos hasta romperles lo más íntimo de los tejidos viscerales, esa angustia mordaz de tener que empezar a amar un cuerpo sin presencia que parecía desplomarlos… no eran otra cosa que un hipócrita simulacro. Él estaba feliz porque se iba. Ella estaba feliz porque por fin era libre para ser la zorra que siempre había sido: las lágrimas eran en realidad un vaivén pendular entre la nostalgia más amarga y la alegría desmedida. Ja. Hubieran podido nominarlos a un premio mediocre de actuación para telenovela, de haber sido rodada esta tierna escena:

Parqueadero del Heathrow Airport a las 3:30, los dos actores amateur, casi en sus treinta, en un Volswagen rojo:

- “I will be back. I am not going to leave u”- dice el hombre, quien partía, levantándole el amplio rostro embebido de las lágrimas mezquinas y la besa trémulamente, repasando la mano por sus senos, con cierta delicada rudeza, como si no quisiera olvidar pronto esa forma con que encajaban perfectamente en sus manos. El hombre tenía que viajar, no interesa saber aquí porqué. Entonces, se bajó del automóvil, con maletas en mano, volvió la mirada y la besó de nuevo mientras parecía pensar -con la conciencia obnubilada!- que nunca más iba a querer besar otros labios diferentes a los suyos. - “I`ll be waiting for you!”- concluyó al fin ella, pero sin mirarlo a los ojos, con esa timidez supuesta que había hecho de su personalidad simplona otro elemento de atracción inexorable para él...

Fue así, en medio de sus propias mentiras que se prometieron, recostándola él contra su pecho, que se reencontrarían pronto. El amor, creían, ingenuos, llamaría al reencuentro. Ah el amor! cual animal atribulado!.

Pero el amor, si lo hubo, se ajó. Y sabemos quienes hemos sido amantes que el amor, así como crece hasta desbordarnos, también tiene su ciclo de envejecimiento y muerte -a veces, de resurección. Y ahora, fuera de que el amor se había agotado dando paso a la mala costumbre, tenían que despedirse... Otorgaban así a los títulos del “adiós definitivo” los derechos que le corresponden.

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Olor a Primera Vista



Debió de haber un cierto olor a deliciosa feromona en el ambiente, ese olor inconfundible a veces dulce, a veces amargo, que atrae a los hombres como a los simios superiores una hembra encelada, pues, al cabo de conocerla, ya la estaba yo rondándola inquieto, venteando el aire con las narices dilatadas, cercando y acosando ese denso aroma como destilado por un ardiente clítoris.

La ciudad, a pesar del frío invernal que comenzaba, empezó a parecérseme a una selva en primavera. Y para colmo, ella tenía nombre de simia: se llamaba Lara. Pero Lara tenía un culo precioso y respingón, unas caderas peligrosamente simétricas, un par de piernas retorcidas, largas e intensas, unos labios sonrosadamente pálidos, sin sangre, como de muñeca. Un cuerpo como para torturarse la cabeza haciendo desaforados recuentos anatómicos, evocando las posibles delicias domésticas que vendrían solamente de dejarse llevar por el instinto y responder al secreto estímulo escondido en ese aroma segregado por su coño loco.

Así que un día más temprano que tarde la invite a bailar y a tomarnos nuestros buenos vinitos. Recuerdo que mientras ella se tornaba cada vez más y más deprimentemente borracha, más bailaba y más sensualmente se movía, más ese humor que la hacía parecer una mala niña, una napolitana de orgasmos soñolientos, se intensificaba. Sus ojos bovinos y enrojecidos me impresionaron, pues había en ellos un requerimiento falaz, un brillo decididamente erótico y sensual. Mas temprano que tarde su lengua diabólica se insertó en mi boca, traspasándome su voz de leche caliente, introduciéndome sus flujos en las venas como bálsamo reconfortante pero venenoso…

Lara desde el principio me dio la impresión de estar destinada a ser la mujer perfecta para que yo pudiera percibir de nuevo el fulgor penetrante de la desnudez, necesitado como estaba de olvidar por fin ese otro cuerpo que amaba miopemente y que hasta esa noche pasaba por mi mente hiriéndola con un halo frío de cuchillos.

......

Parabola en Tres Semanas


A: Nath.

1~ Semana

Un sol poderoso acariciaba con su lengua de mariposa un jardín, la mayoria constituido de verde.
Solo una planta, sembrada en el centro, donde justo el sol podia fijar sus mejores rayos primaverales, estaba seca, como si se le hubiera estropeado la máquina de los sentidos.

Era, por supuesto, la primavera.


2~ Semana

El sol comenzaba a apartarse, pero sus rayos aún brillaban con la intensidad de un mediodía alegre. Los contornos del verde se tornaban en filos naranjas.
Pero aquella planta continuaba erguida como en un trono triste del jardín, en su sueño invernal, aunque la inclinación de la tierra la favorecira con la mejor luz.

Era Otoño.


3~ Semana

El sol ya rodaba a la deriva del planeta.
E indicios de vida empezaron a impregnar los huesos de la otrora cavilante flor.
Era invierno.
Pero ella empezaba a vivir, mientras a las demás flores se les empezaba a marchitar la piel.


Enseñanza?:

Hay cosas que pueden empezar a vivir, aún cuando se ha ido lo esencial para vivir.

A la búsqueda de una compañera de miserias III

Difícil preguntar por el amor y recibir respuesta en esta ciudad lisiada: los caminos que la recorren están destinados a conducir a todo lugar, menos al lugar donde el amor habita con su sonrisa atrofiada. Para qué preguntar por su historia de sangre, quién querría saberla: como sus habitantes, el amor y la ciudad están marcados por un sino aberrado al que debe uno oponerse en todo momento, casi que con resignación.
Para sus habitantes -habré de decir, mis coterráneos?- siempre he pasado por egoísta, incluso por vanidoso, precisamente porque he tratado toda mi vida de no ser parte de esa vieja costumbre local en la que se enfrascan, como amparándose tras un cristal oscuro del amor. Por qué?, como dije, me reservo el derecho al olvido. El caso es que, haciendo uso de tal libertad, tomé la decisión de hacer aquello -de armar una lucha agotadora en busca de amparo-, pues quizá haciéndolo, encontraba un antídoto contra la resaca de la soledad que me tenía aullando de forma lamentable.
Así, terminé retomando pasos como los que alguna vez me llevaron a chuzos estilo “Dimension Club”, un antro que sus dueños, unos amigos míos de infancia, llamaban a secas, y con justeza, “Demension”, no propiamente por el ambiente purista que se vive una vez adentro, cómplices del cuerpo, de su transpiración, de su movimiento caluroso… Éstos, sus dueños, los hermanos Vargas, como dije, eran amigos míos, o mejor, conocidos míos, pero esa ligadura parecía una señal. Así que me adentré allí, a ese Bar que después me pareció como un demonio al que no se puede uno resistir un viernes en la noche; después de todo, cuando eres amigo de los que están detrás de la barra de expendio de licor, tienes más oportunidad de hacer uno que otro roce de popularidad con quienes van a desordenarse al sitio, y de pronto, en una de esas, das con ese demonio femenino al que tampoco seguro opondrías resistencia alguna. Pero llevaba años sin verlos, a Mauro y a Dany Vargas, y no sabía si tendrían siquiera memoria de mí, del sinnúmero de cagadas que cometimos juntos cuando éramos vecinos en aquel Condomio que nos vio crecer y partir a cada uno por su lado, ignorando que un día cercano el destino volvería a encontrarnos hechos un desastre descomunal por dentro y por fuera. Supe que Mauro, el menor, se hizo pone-bares, después de intentarlo unos años como pintor; al final, decía, no hay mejor dibujante de la noche que las luces artificiales y sus sombras, que el vapor y la ceniza, que la carne y su sudor, que la música, que la propia y visible –o invisible, no importa- realidad. Ya no pinta, pues tenía razón, y por mí que tenía talento; recuerdo que dibujaba del putas, pinturas sencillamente indescriptibles que me simpatizaban tanto como él, Mauro, quien parecía él mismo un personaje de sus cuadros: algo como un espectro que oculta sus contornos a cada caída de la luz, un engendro trigueño y peludo que gusta y cae bien del todo cuando te haces su amigo, su, como me llamaba, su “chinito”. Cuando volví al pueblo me enteré que Mauro, junto con Dany, el mayor de la camada Vargas, hicieron de las esquinas más importantes del Centro un negocio no en todo sentido legal, utilizando, no obstante, la ciencia del buen gusto que les es inherente: hicieron que, al fin, en este peladero perdido en el planeta exista un espacio medianamente cosmopolita, visitado por uno que otro forastero, mucha gente rara, simplemente gente que te olvida un instante de lo que común y corriente que eres aquí. Dany es contemporáneo mío, arquitecto, demasiado vulgar, con panza cervecera, pero no por ello imaginativo. Era como mi hermano, mi socio de marranadas, mi cómplice en muchas infantes pedreas siderales…
Pensar en ellos, en aquellos días juntos, me llenaba de nostalgia, pero, con todo y aunque tenía ganas de verlos y saludarlos, de charlar un poco con ellos, no quería, definitivamente, descuidar el verdadero motivo que me impulsaba hasta sus aposentos. No quería sustituir un deseo por otro: quería embadurnarme hasta los tuétanos de miseria, y quería que fuera en brazos de una mujer, ojalá superficial y profundamente igual de miserable. Hasta ese momento no sabía que, de pronto, una compañera que reuniera estos requisitos podría ser perfectamente una botella de cerveza, un esporádico chupón de cigarrillo, o, simplemente, un intercambio de palabras con quienes fueran antaño tus compañeros de juerga. Eso, aunque ridículo, fue lo que al final terminé encontrando. Un final mediocre, tal vez absurdo, pero sobre todo injusto, incluso con Thania, con la Thania que se enamoró de mí en ese momento de perfecta idiotez cuando bajo los efectos del Sello Rojo que Mauro destapó cuando me vio entrando a su chuzo nos besamos. Thania. Un nombre preciso para un precioso cuerpo de porte europeo. Si. Era injusto con ella, era injusto conmigo mismo que terminara por preferir las curvas de una botella amarilla que su delicioso cuerpo de blanco puro.
Pero había que emprender la aventura, dejarse llevar hasta Demension como el vuelo de una melodía agitada, liviana en el amargo aliento de una armónica agria y maquínica, dejarse llevar a la demencia de verdad, santamente, como hábito que hace al monje, los viernes, incluso los jueves, porque no todos los días de la semana con sus horas y minutos asfixiados, con sus segunderos atestados de la nadez impresionante que atesoro como a mi vida misma.

A la búsqueda de una compañera de miserias II

Había pues que preparar un anzuelo, una carnada que surtiera efectos de cabeza de medusa en ese frío pozo nocturno en el que se termina vislumbrando, quiéralo uno o no, la sombra desolada que obliga en todo tiempo al desánimo.
Pues para nadie aquí es sumamente agradable estar solo, transitando a través de un ámbito otoñal largando salvajes escupitajos de masa oscura por las calles, fumando y tomando tinto como desesperados, intentando escapar del frío de aquella sensación. Pero yo estaba solo, o al menos eso creía cuando ese estado de ausencia infernal, de vacío mordaz, de carne embadurnada de celofán, de tintura esparcida sobre un mapa de un día terriblemente aburrido, me invadió por completo.
Tal vez por esa razón, opté por maquinar una al final inútil treta que me llevaría hacia ella, esa mujer de aliento vaporoso, esperando encontrar en su piel la tontería que con toda seguridad significa escudriñar por compañía aquí en este pueblo perdido en su propia niebla, aquí, donde parece que todos sufrieran del tedio de su propia vida, sometidos a un lento deterioro que no lleva a otra parte sino a terrenos baldíos, a colinas estériles donde los vientos implacables recuerdan en todo momento la maldición que pesa su mito fundante... (algún día, quizá, les hable de él, y les cuente porqué, desde su inicio, esta región parece vivir condenada a la tristeza)

A la búsqueda de una compañera de miserias...

Había que hacer algo, lo que fuese, si me quedaba sin trabajo, si me quitaban la silla de debajo y me dejaban sin asiento el culo. Con solo mirar a la gerente del proyecto a los ojos y escucharla hablar en su tosco lenguaje santandereano, sabía yo que me iría pronto, solo después de tres meses de entrar, de ese trabajo para regalados y miserables. No había una sola llamada de atención, ni un solo memorando, ni una sola queja, y me iría, sí, sin pronunciar una palabra de advertencia, tal vez despedido, tal vez con la voluntad de mi parte. Pero ¿qué haría?, “no se hacer nada, solo hablar mierda”, pensaba. Y aunque de hablar pura y física shit han sobrevivido seres vivaces, esa pregunta me sonaba sin cesar en los oídos cuando merodear por ahí, sentarme en un parque y matar con un Lucky y un cuarto de buen amarillo, o, lo que resultaba más simple, con actividades estériles el tiempo, resultaba ser la respuesta más ajustada a la situación. Volverse un vago, un vividor alegre, porque no un retorcido pero inteligente indigente, algo como un León Mojica afeitado, bien vestido y sin esos vicios inmundos que amedrentan hasta el aniquilamiento el talento. Un vago, una especie de poeta maldito producido en tercer mundo. Algo fatalmente decadente. Pero hasta ese momento nadie, ni yo mismo, podía dar razón de mí, y por tanto, era seguro que por un tiempo podía fingir que todavía escribía, que todavía ganaba lo que ganaba por escribir únicamente puras y metafísicas pendejadas. Mi cara no era aún lo suficientemente conocida en la ciudad como para sentir vergüenza de tal opción; podía, si quería, pasar por ejecutivo o médico, por lo menos hasta que los bolsillos se desfondaran y tal vez no tuviera siquiera para darme un desayuno; pues nunca supe ahorrar, toda noción de economía parecía un chiste con mi forma despreocupada de gastar dinero. Una vez, cuando cogí la manía de ir a gastarme unas lucas en los Paradise Casinos, llegó la tapa. Fue entonces cuando, vaciado y cansado de los viejos bancos de El Bosque, pensé que encontrar una compañera de miserias sería lo mejor que podría pasar. Una mujer que tal vez no fuera cuidadosamente elegante, tal vez no tan guapa como Thania. Pues aunque es cierto que el mundo nunca dejaría morir de hambre a sus mujeres lindas, el asunto con ellas es que su alma fina no es en la mayoría de los casos compasiva. Por lo menos, no así era el alma de Thania. Ella no me arrojaría las palancas para volver trabajar. Era demasiado celosa, demasiado narcisa, centrada en sí misma. Y por una compañera de miserias había que descender hasta lo más profundo de la vida nocturna en esta ciudad cenicienta que se agita con turbulencia en la noche. Por una compañera de miserias había que descender, a la velocidad de una caída suicida hasta que ella llegara, y conquistarla se convirtiese en un desafío tan digno como ganarse el pan cotidiano, el puto pan cotidiano. Y sólo contaba yo con unos oídos afinados, de pronto con un discurso largo y unas manos para acompañar la locuacidad de las palabras, no mucho más, y supuse que una mujer así, sencillamente me dejaría ser, si ser de determinada manera me haría “feliz”. Estaría tranquilo por eso: aunque hediera, a ella aún le gustarían mis besos, mi forma de acariciarla en silencio. Ahora que había perdido el trabajo qué mas daba. Así que me entregué a la tarea de tirar anzuelo dentro del pozo de la noche...
(continúa...)

En dirección del Verano

Somos cuatro hombres que conocemos la dirección del verano y partiremos tras su rastro más allá de las montañas que parecen barrancos al pie de las torres que parecen montañas, allí donde los ríos son cadáveres cálidos y exquisitos en el mar, donde los peces parecen rocas flotando entre caudales dulces, allí donde todo es profundidad y brillo.

Somos cuatro hombres, y partiremos en un vehículo rojo tras el matutino de la estación seca para exponernos a su luz, como si fuésemos pedazos de cedro listo para dorar.

Tal vez volvamos traídos por la fuerza de un viento huracanado. Tal vez las lluvias indiquen nuestro próximo regreso.


(Ocaso de Verano, Pablo Amaringo)

Extravío

Uno no quisiera encontrar la ruta de salida
cuando son los cuerpos el laberinto
Que nos extravía
...

Algún día escribiré... el poema ideal

"Algún día alguien escribirá un poema que no mencione el aire ni la noche;
un poema que omita el nombre de las flores,
que no tenga jazmines o magnolias.

Algún día alguien escribirá un poema sin pájaros ni fuentes,
un poema que eluda el mar
y que no mire a las estrellas:
El poema que se limitará a pasar los dedos por tu piel,
convirtiendo en palabras tu mirada.
Sin comparaciones, sin metáforas,
algún día alguien escribirá ese poema que huela a tí,
ese poema
con el ritmo de tus pulsaciones,
con la intensidad estrujada de tu abrazo.

Algún día alguien escribirá un poema, el canto de mi dicha
"


(Darío Jaramillo, cuarto poema de sus Poemas de Amor).